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Una Madre

Y es entonces cuando se me ocurre que este baile tan bien acompasado, este laberinto de gestos tan naturalmente hilados, todo este lenguaje fácil, reconocible, automático…, todo esto es lo que nos hace familia, historia común, comunidad. (76)

Una Madre habla de esto, de una familia, de los lazos que la unen, de cosas comunes, cariños no siempre bien expresados; problemas, también a veces mal expuestos; encuentros y desencuentros; variedad y comunidad. De eso nos habla Alejandro Palomas en las doscientas cuarenta y pico páginas de este libro.

Lo difícil es narrar las circunstancia que rodean a los personajes que componen dicha familia sin que el lector caiga en el desánimo de continuar queriendo ver a donde nos lleva lo que escribe. Y ese es para mi el primer mérito del relato, que interesa, que hace que lo sigamos con anhelo. Y no son personajes fáciles, ni la vida de la familia lo ha sido en todo su tiempo. Mama, personaje realmente central de la odisea en la que estamos inmersos, es una persona de 65 años. Hasta hace dos años casada con un hombre estafador, dominante y controlador. Con su voluntad anulada como la del resto de componentes de la unidad familiar. Ahora, libre al fin, ha descubierto un espíritu de aventura y no deja de iniciar cosas. Le ayuda su amiga Ingrid, una mujer que solo conocemos por los comentarios de Amalia, la madre, y que se nos revela como seguidora de algún tipo de vida extraño con influencias orientales.

Sigue su hija mayor, Silvia. También dominante como su padre y que ahora que él no está ha tomado esa función con los galones que conlleva ser la mayor de los hermanos. Soltera aunque viviendo con Peter, un sueco que nunca ha querido que le presentaran a la familia. Es una obsesa del orden y la limpieza. Viaja por trabajo a todo el mundo y es eficiente y cumplidora.

El tercero en discordia es Fer, el narrador de todo lo que pasa. Treinta años. Está viviendo un mal momento desde que su compañero Andrés  le abandonó, dejándole como recuerdo un cachorro de gran danes, de nombre Max; hoy un perrazo de 60 k de peso y su gran amigo. Su trabajo es  subtitular películas, además de doblar voces en ellas y prestar esta para anuncios publicitarios. Pero está solo, bueno con su madre, y no se ve con fuerzas para iniciar una nueva relación de pareja.

Enma es la tercera. Es lesbiana. La muerte accidental hace ya un tiempo de su compañera Sara de la que estaba muy enamorada, ha influido de forma importante en su vida y manera de comportarse. Su actual amor con Olga, una ejecutiva bancaria, ha logrado paliar en algo aquella situación, pero el recuerdo sigue ahí y parece que formará siempre parte de su existencia. Es maestra.

El quinto componente es Tio Eduardo. Hermano de Mama. Es una persona singular. No se llevaba bien con su cuñado y esto hacía que su presencia en reuniones familiares fuese una excepción. Ahora, con su hermana divorciada, siempre que puede está en ellas. Eso si, nunca de forma anónima. Él tiene que ser uno de los centros de atención y para ello recurrirá a todo tipo de subterfugios, incluso inventándose situaciones o hechos. Necesita que le hagan el debido y, para él, merecido caso. Es todo corazón. Silvia es su sobrina predilecta y siente por su hermana un gran cariño. Sabe que esta familia, extraña y lejana, él vive en Lisboa, es el puerto al que siempre puede llegar y ser recibido.

Como es fácil deducir de la descripción hecha de los componentes del clan no se puede  decir que sea una familia-tipo. Es más, vistos desde fuera, se diría que es una familia desestructurada. Ninguno encaja en lo que llamamos parámetros familiares normales. ¿Que les mantiene unidos?. Les mantiene unidos el urdimbre que pacientemente, con sus modales de mujer ingenua y en ocasiones ida, Amalia se afana en colocar para que los demás puedan pasar por ella sus hilos llenos de amargura, esperanzas, logros no alcanzados y desamores. Hilos todos que tejen una fuerte tela en la que tienen cabida y en la que el cariño está siempre garantizado. Son conscientes de sus limitaciones, de sus casi siempre fracasos y al tiempo que pueden criticar tal o cual acción puntual de los demás, saben asumirla y animar para que no pase a mayores; para que nadie caiga en el hoyo profundo del olvido, censura o desamor. Están vacunados contra todo pesimismo. De esa vacuna se encargó su desaparecido padre, un ser al que pintan despreciable en todos los ámbitos y el motivo por el que la madre les pide una y otra vez perdón, perdón por haberles dado como progenitor a una persona de ese pelaje.

En esa cena de fin de año se cuentan y recuerdan muchas cosas. Hay sorpresas y lo que pudiéramos llamar bromas. Amalia está muy contenta. Tiene a todos consigo y se siente feliz. Es una manazas de cuidado pero no le importa. Ella sabe lo que es sufrir un calvario como lo fue sus años con un hombre que la aniquilaba y despreciaba. Y sabe que ya no volverá a ser así; sabe lo que perdió hasta el momento en que la abandonó su marido y está dispuesta a que no vuelva a pasarle,  ni a ella ni a ninguno de los suyos. A eso les anima, Sabe que “no vale esperar a que pase algo para que las cosas cambien, porque por mucho que cambien, si no las miras, si no tiendes la mano para tocarlas, nunca te darás cuenta de que ya no son las que eran.”. Hay que agarrarlas y comenzar de nuevo cuantas veces haga falta.

Es un relato para leer despacio, masticar lo que se dice y ponernos en los zapatos de los intervinientes. Todos los actores de la trama están bien, incluso muy bien perfilados. Sus personalidades definidas con sus anhelos, aspiraciones y miedos. Se nos hacen cercanos y nos afecta lo que nos cuentan. Deseamos que sus vidas se resuelvan y sean felices.

Alejandro Palomas nació en Barcelona en 1967.

Estudio Filología Inglesa en la Universidad de Barcelona, completando su formación en el New College de San Francisco, donde cursó una maestría en Poesía.

Desde entonces ha trabajado como traductor de importantes autores, así como escribiendo para varios medios de comunicación, actividades que ha compaginado con su pasión por la escritura.

A lo largo de su carrera literaria ha publicado varias novelas, como El tiempo del corazón; El secreto de los Hoffman, (con el que fue finalista del Ciudad de Torrevieja 2008) o El alma del mundo (también finalista del Premio Primavera). Sus dos úlltimos libros, Una madre y Un hijo, han recibido el aplauso de la crítica.

 

 

 

 

El Castillo de Cristal

La oscuridad es un camino y la luz es un lugar; el Cielo que nunca existió ni existirá jamás, es siempre el verdadero (Dylan Thomas, poema en su cumpleaños).

Esta frase está en el libro antes de dar comienzo a la historia que relata, y es cierto que de eso va esta, de un Cielo que nunca existió pero que era verdadero. El cielo que la protagonista y sus hermanos vivieron y de la que salió la biografía que la autora, Jaenette Walls,  nos relata de una manera  admirable, minuciosa y con gran cariño y sensibilidad.

“Estaba sentada en un taxi, preguntándome si no me habría emperifollado en exceso para la velada, cuando miré por la ventanilla y vi a mamá hurgando en un contenedor de basura”. Así comienza ese Cielo que antes se describe y que no es más que la historia de “cuatro hermanos que han conseguido sobrevivir a pesar de sus padres”.

Janenette, Lori, Brian y Maureen son hermanos. Viven con unos padres excéntricos y rebeldes. Están en su infancia y por eso encuentran divertida el tipo de vida que llevan, huyendo continuamente de un lugar a otro acuciados por sus progenitores debido a múltiples causas, pero fundamentalmente a los acreedores y al alcoholismo del pater familias, así como a su complicado carácter. Rex Wallis, así se llama el pater, no por lo dicho es una persona ignorante, al contrario, es un brillante matemático, cosmólogo, ingeniero y manitas, pero todo esto no quita que su mayor logro sea el perder cuanto trabajo inicia.  La madre no le va a la zaga. Es profesora pero prefiere no ejercer porque desea dedicarse a ser una artista de la pintura y a la escritura, además le horroriza  madrugar y poner reglas a los niños. Esto hace que la familia se dedique al nomadismo, con la consiguiente alegría de los niños que con sus pocos años encuentran la situación divertida; la aventura diaria, el dormir al raso en el desierto abrigados por las mantas que consiguen de los deshechos de las fuerzas armadas, el constante viajar y ver nuevos horizontes. No hay reglas, solo la imaginación, como cuando en una Navidad, en la que por cierto el padre no cree, sin poder recibir regalo alguno por falta de dinero,  hace a sus hijos el mejor regalo posible, el planeta Venus.

Poco están en cada lugar, casi no van a la escuela. Aún así sus padres se las arreglan para que sepan leer, conozcan las matemáticas, geografía e historia. Cuando por un tiempo van a una verdadera clase, lo que les enseñan es corregido por sus progenitores según sus propias teorías. En definitiva, parece que sus vidas están condenadas al fracaso y a un negro futuro. Pero no será así.

Y no lo será porque ellos, los cuatro hermanos, según van creciendo van comprendiendo que esa manera de vivir no es la normal. Se fijan que los demás niños con los que tienen esporádicas relaciones tienen padres que cuidan de su bienestar, que les dan un techo estable, unas comidas diarias y constantes. Que les visten y calzan, en definitiva, que los protegen contra toda inclemencia. Además están viviendo en el país de las oportunidades, en unos años, los 60, en los no debería haber dificultades para que dos personas con los conocimientos de sus padres pudiesen tener trabajo digno y bien pagado. Eso sin contar con la increíble herencia de su abuela materna. La quimera en que viven se rompe y apoyándose entre ellos se plantean salir de la espiral en la que se encuentran  y realizarse en aquello que sueñan y para lo que se consideran capaces.

La novela no es más que la historia de ese desarrollo. Jeanette nos va contando con un impecable estilo sus recuerdos de niñez. Y lo hace al tiempo que evoluciona; desde su primera infancia, -es emotiva la manera de narrar su accidente al cocinar unas salchichas-, hasta el cenit de su adolescencia. Va entendiendo que no es verdad que la bohemia de sus progenitores sea la forma de vida ideal que ellos preconizan y como sus valores no son los que hacen que las personas puedan alcanzar sus  ambiciones. Que el no trabajar o hacerlo para sobrevivir no es suficiente para integrarse en la verdadera sociedad. Si sus padres no quieren trabajar ellos no tienen por que seguir esa senda, al contrario, ellos son inteligentes, voluntariosos y consecuentes. Esto les ayuda a romper el vínculo con sus padres y comenzar una vida de esfuerzo y compromiso en un New York que nada regala pero en el que con esfuerzo y dedicación pueden conseguirse metas que aparten a las personas de la pobreza y aporten beneficios al colectivo social.

Todo esto narra la novela. Pero hay que destacar algo que la hace más valiosa. Lo que cuenta de su vida lo hace con gran honradez y realismo y con gran cariño a sus progenitores. No les juzga ni les condena nunca. Ellos supieron despertar en la voluntad de sus hijos algo impagable, el espíritu de superación. El saber defenderse por si mismos, el buscar siempre la mejor salida a los problemas que diariamente se les presentaban. No podemos aconsejar un escuela juvenil como la que aquí se describe pero también debemos respetar la manera de comportarse y pensar del matrimonio Walls, que pese al bienestar que sus hijos consiguen, no buscan en su vejez el que sean su refugio y siguen prefiriendo su nómada manera de vivir a las comodidades burguesas que siguen considerando decadentes y nefastas.

De verdad que la lectura del libro nos hace repensar muchas cosas. Sobre todo nos hace ver que en ocasiones somos nosotros individualmente los que nos ponemos muros en nuestro desarrollo humano, culpando de ello a una educación mal encaminada, sin pensar que los ejemplos del camino a seguir están a nuestro alrededor y podemos cogerlos, nos cueste mucho o poco esfuerzo. Quizás en esto, el esfuerzo necesario, está la explicación a tantos fracasos.

Jeanette Walls nació el 1 de Enero de 1960. Es una periodista y escritora estadounidense. Es agregada el Barnard College. Está casada con el escritor John Taylor, con quien vive en Virginia. Ha trabajado como periodista para el New York Magazine y para el USA Today. Ha sido colaboradora de The Today Show y de PrimeTime live. Tras el éxito de su novela El Castillo de Cristal, no solo en Estados Unidos sino en más de veinte países donde se publicó, ha decidido dedicarse a tiempo completo a su trabajo como escritora. Recibió el Premio de los lectores de la revista Elle en 2005 y el American Library Association en 2006.

Tiene publicado además de esta novela, otra titulada Caballos salvajes, en la que cuenta la historia de su abuela Smith, la madre de su mamá.