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Crematorio

El éxito de esta novela hay que buscarlo en el momento actual en nuestro país y en otros de la Unión Europea, los negocios fáciles basados en el ladrillo, los  pelotazos urbanísticos y todo lo que se mueve alrededor de estas actividades, influencias, corrupciones, intereses varios, ambiciones, etc. etc.

Porque de eso va el relato que nos describe Rafael Chirbes. La historia de una familia a través de reflexiones de sus integrantes, tanto en el tiempo presente como en el  pasado, partiendo de la muerte de uno de sus componentes Matías el hermano intelectual comprometido y político de Rubén, el constructor que desde su pueblo natal Misent, nombre ficticio, se constituye en el personaje alrededor del cual los otros giran, su hija, su yerno, un amigo de la infancia y todos los demás que conoció en su ascenso al poder y a la riqueza.

La reflexión que el autor nos plantea sobre estos personajes es inmisericorde. El principal Rubén no es ni mucho menos un iletrado. Es hijo de un terrateniente y  pudo haber vivido bien de lo que sus tierras producían, pero sus inquietudes le llevaron a la universidad donde estudió la carrera de arquitectura. De joven discutía con su hermano y su amigo, futuro escritor, de política, de filosofía y del sentido del arte. En aquel entonces él también aspiraba a ser un artista en su profesión, si bien en un momento dado cree entender que la realidad de la vida va por otro camino y esto le lleva a abrazar un extremado materialismo, del que no obstante no están exentas aquellas ansias de idealismo estético.  Es un hedonista sin llegar a ser un descarado snob. Al tiempo su hermano, desencantado con el mundo, se sumerge en el alcohol y la autodestrucción. Por otra parte su amigo el escritor afronta estos años desesperado y preguntándose si su obra será recordada una vez que el desaparezca.

No pueden faltar personajes femeninos, tratados también duramente: su madre insensible a todo lo que sucede; la primera mujer de Rubén y la segunda, una mujer ignorante y sin estilo; las prostitutas de los clubes de alterne, cazadoras implacables de aquellos que puedan quedar prendados de su juventud y belleza.

El autor trata a todos los personajes con la misma violencia,  exponiendo su pensamientos más íntimos, sus dobleces, sus miedos a la enfermedad, a la muerte, a la soledad. Todos girando en esta vida despiadada. El título de la obra refleja esta realidad, es un crematorio que todo lo consume y aniquila. La única forma de retrasar lo inevitable y hacer soportable la existencia   es asumir las cosas como vienen, aceptar que nada de lo que pasa se puede detener, la muerte de los seres queridos, la propia decadencia del cuerpo, el cambiante mundo que transforma los paisajes donde recordamos nuestros juegos infantiles por otros nuevos donde otros infantes jugarán sin preguntarse que había allí antes, sin saber nada de la destrucción de la naturaleza que esos nuevos espacios representan.

Y en este escenario emerge la personalidad de Rubén, el constructor sin escrúpulos, con sus recuerdos  y vivencias, su primera esposa que acabó siendo una beata enferma; sus análisis sobre la realidad, que no le gusta pero acepta y de la que se aprovecha;  su convivencia con todas las mezquindades que existen en su entorno. No le importa que sus construcciones no sean ejemplares y duraderas en el tiempo, tampoco que sus descendientes cuando ya no esté malgasten la fortuna que ahora acumula. Son cosas que da por supuesto. Detrás de toda gran fortuna amasada en tan poco tiempo tiene que haber algo de corrupción e incluso violencia como parte de un sistema de poder que acepta estas retorcidas reglas de juego y donde solo los más fríos y con temple salen triunfadores  por encima de los más débiles que,  son las victimas del sistema.

La novela es cruda. Es de verdad una cremación. Es un “crematorio” donde se consumen vidas, anhelos, ilusiones. Todo arde, todo lo cambia y todo  se destruye para crear algo nuevo. La vida renace  a través de sus cenizas y de sus propios desechos, reutilizando principios de verdad, hermosura, racionalidad, civilización, arte, que son nuevamente utilizados y consumidos en un continuado e infinito giro. Todo cambia, nada permanece.

Rafael Chirbes, autor de la novela, nació en Tabernes de Valldigna, Valencia, el 27 de Junio de 1949. Fue ganador del Premio Nacional de la Crítica en el año 2007.

Desde los ocho años estudia en colegios para huérfanos ferroviarios. A los 16 se fue a Madrid donde estudió Historia Moderna y Contemporánea. Vivió en Marruecos, donde fue profesor de español; París, Barcelona, La Coruña y Extremadura, regresando en el año 2000 a Valencia. Durante algún tiempo se dedicó a la crítica literaria y posteriormente a actividades periodísticas como las reseñas gastronómicas en la revista especializada Sobremesa  y relatos de viajes. Su primera novela, Mimoun (1988) quedó finalista del Premio Herralde y su obra La larga marcha (1996), fue galardonada en Alemania con le premio SWR-Bestenliste. Con esta novela inició una trilogía sobre la sociedad española que abarca desde la posguerra hasta la transición y que se completa con La caída de Madrid (2000) y Los viejos amigos (2003). Con Crematorio (2007), un retrato de la especulación inmobiliaria, recibió el Premio Nacional de la Crítica y el V Premio Dulce Chacón.

Esta novela ha sido llevada a la pequeña pantalla a través de una miniserie de 8 capítulos. Emitida a través de Canal +, tiene a Pepe Sancho en el papel de Rubén Bertomeu. Ha cosechado excelentes críticas.