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LA HABANA EN UN ESPEJO

“Yo que tú, aceptaba. No vas a conseguir nada quedándote por aquí.”

Esta contestación a la pregunta que Alma Guillermoprieto había formulado a Twyla Tharp, director del espectáculo en la que ella confiaba actuar como bailarina hizo que la autora decidiera aceptar la oferta que Merce Cunninghan uno de sus profesores de danza, le había comunicado días antes. Esta oferta consistía en ser profesora de danza en la ENA de Cuba, ubicada en La Habana. La contestación de Tharp le ha hecho comprender lo que ya temía.  No tenía la suficiente calidad para ser una diva del baile moderno.

Después de una entrevista con la que será su superiora en la Escuela Nacional de Arte, Elfrida Mahler, acepta un contrato por un año en dicha institución. La relación con dicha señora, que le confiesa la necesidad que la escuela tiene de contratar personas con formación en el ballet moderno, no es precisamente agradable. De alguna manera Alma comprende que no va a ser fácil cooperar con ella, pero aun así decide embarcarse en dicha aventura.

De la revolución castrista y de la vida en Cuba solo conoce lo que informa la prensa y TV occidental y más concretamente norteamericana . Estamos en 1970. Nixón es el Presidente de EEUU. La guerra de Vietnan está en su apogeo. Y las relaciones entre los regímenes castrista y norteamericano es de ruptura total. El embargo estadounidense a Cuba está decretado y el país sufre una importante escasez de materias y comida. De todo esto es consciente al llegar al aeropuerto de La Habana, vía México, para  evitar trabas a su viaje y posterior trabajo en la isla. Los trámites aduaneros son lentos, desagradables y de una desconfianza total. Nadie la espera, a nadie había avisado, pese a que llevaba regalos para un amigo cubano, Jorge. Superados los problemas de ingreso en el país, al otro día se da cuenta que está enferma, con fiebre y catarro. La trasladan al Hospital Militar Carlos J. Finlay. Eso le permite tener el primer contacto con el sistema sanitario cubano, y a través de la charla con el doctor que la atiende descubre además una faceta de aquella realidad que la desconcierta: “Esta nueva manera de hablar que resonaba por todo el hospital y que el médico había empleado conmigo desde el primer momento me dejó incómoda y perpleja: Humanidad, Solidaridad, Internacionalismo, Revolución, Imperialismo, Sacrificio… Eran palabras-martillo, palabras de gran peso a las que no podía dejar de prestar atención, que convocaban a la reflexión cuidadosa, pero que también sentía como aplastantes, sin matices ni secretos”.

Ya en la ENA tiene el primer encuentro con el recinto que va ser el lugar en que dará las clases para las que fue contratada. El amplio local no está suficientemente acondicionado. No tiene espejos, algo fundamental en las clases de baile si se quiere que el alumno comprenda mejor los ejercicios en los que de su expresión corporal es fundamental. La respuesta que recibe a su pregunta de por que no hay dichos espejos es desconcertante. La Revolución considera que estos no son necesarios, que son ejemplo de vanidad y decadencia burguesa. Tampoco hay un piano. Por contra el elenco de alumnos está formado por jóvenes entusiastas que sí desean conocer mejor los pormenores de la danza moderna que ella, Alma, deberá enseñarles.

 

Su relación con Elfrida Mahler no es buena. Se da cuenta que para la Revolución el arte no es importante, no tienen claro el compromiso de los artistas con esa Revolución en la que viven. Ni al baile, ni a la pintura, ni siquiera al folclore propio, tan rico en matices y sonido, le dan la importancia que merecen. Es un desengaño. Como lo es la alimentación que reciben sus alumnos en dicha escuela; nada apropiada para el ejercicio diario que tienen que hacer. O la vestimenta de estos mismos alumnos, vieja, rota, etc. El propio director de la  ENA, Mario Hidalgo, no oculta el enorme malestar que para él significa estar al frente de un centro docente al cual califica como un “mierdero de artistas, patos e intelectuales” Se entera así que “pato” es uno de los términos despectivos que los cubanos aplican a los homosexuales.

Sigue describiendo su vida y relaciones en la ENA, al tiempo que detalla como es aquella sociedad cubana que le impresiona. Ella solo conocía de Cuba lo que la televisión y prensa hablaban de la isla. Es cierto que la carencia de lo elemental es lo habitual. Pero también lo es  el entusiasmo por conseguir vencer las dificultades que el embargo americano les impone. Lo es el apoyo que dan a la propuesta gubernamental de conseguir una cosecha de 10 millones de toneladas de  azúcar, que no lograron, pero que le permitió ver como todos se sacrificaron para conseguirlo.

La Revolución parece querer impulsar todo pero igualmente controlar todo. Alma no entiende que un país rodeado de mar no tenga pescado alguno para comer. Que se controle lo que haces de la mañana a la noche, incluso tus relaciones sexuales. Y aún así sufre una profunda transformación.  Comprende que se debe luchar por un mundo más justo y sin guerras. De alguna manera ella, que no sabe como ser revolucionaria, adquiere una conciencia social de la que hasta ese momento carecía.

Por ejemplo, una de las diferencias que tiene con Elfrida es por el desarrollo de las reuniones que  mantiene con los estudiantes. Aquellos jóvenes que se preparaban para el futuro no poseían los conocimientos necesarios para valorar las diferencias tan grandes existentes entre su mundo y el de las internacionalistas que, como ella,   llegaba de una realidad tan diferente a la cubana. Tampoco la convencían los métodos de enseñanza allí utilizados. Sin proponérselo promovió una pequeña revuelta entre los estudiantes.

Abandona su trabajo a los seis meses de empezarlo. Pero no debe interpretarse esto como una decepción. Le ha valido para centrar su vida, entender que no servía ni para ser una buena bailarina ni para enseñar a la altura de Merce Cunninghan. Descubrió que si era capaz de narrar lo que veía y sentía a la altura de un kapuscinski. Es en lo que se ha convertido.

Alma Estela Guillermoprieto (Ciudad de México, 27 de mayo de 1949), es una periodista, profesora, bailarina y escritora mexicana, que vive en Colombia.

Creció en la Ciudad de México, pero en su adolescencia se mudó, junto con su madre, a Nueva York, donde estudió danza moderna. En 1968 fue contratada para dictar clases de danza contemporánea en la Escuela Nacional de Arte, Cuba (sus recuerdos de esa época los recogió en el libro La Habana en un espejo). Fue bailarina profesional hasta 1973.1

Su carrera periodística comenzó a mediados de la década del 70 escribiendo en The Guardian, diario británico para el que cubrió la insurrección nicaragüense, y más tarde se pasó al Washington Post, periódico estadounidense en el que reveló la masacre del Mozote en El Salvador. En los años ochenta, fue jefa para América del Sur de la revista Newsweek. En la década siguiente comenzó a escribir largos reportajes para las revistas The New Yorker y The New York Review of Books. Esas crónicas fueron recogidas posteriormente en libro bajo el título de Al pie de un volcán te escribo.2

En abril de 1995 García Márquez la invitó al taller inaugural de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Cartagena de Indias, Colombia y desde entonces ha dado diversos talleres para jóvenes periodistas a lo largo del continente.

En 2008 fue nombrada profesora visitante en el Centro para Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chicago.

En 2017 recibe el Premio Ortega y Gasset en la categoría de Trayectoria Profesional.3

En 2018 es galardonada con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades según el jurado “en reconocimiento “a su larga trayectoria profesional y su profundo conocimiento de la compleja realidad de Iberoamérica, que ha transmitido con enorme coraje también en el ámbito de la comunicación anglosajona”, siendo la tercera mujer que consigue este reconocimiento.