La ciudad automática


“Decía un poeta español que, en Nueva York, las estrellas le parecían anuncios luminosos. A mi, en cambio, los anuncios luminosos me parecen estrellas, y Nueva York, es en mi concepto, una ciudad romántica, no a pesar de su brutalidad y su codicia, si no por ellas precisamente.”

Antes de seguir comentando la novela conviene recordar algo de la personalidad de sus autor, Julio Camba. Es un periodista de principios de siglo XX. Por consiguiente es una persona acostumbrada a llevar al relato acontecimientos, situaciones, paisajes, costumbres, etc.. Todo aquello que conforma la vida de quien se dedica a la mencionada actividad. Y así lo hace, pero añadiendo una especial y humorística visión a todo lo que describe. Hay certezas que por crueles y malas que sean parecen menos trágicas si son tratadas con un sentido positivo y humorístico, irónico incluso. Esta forma de ver y decir y escribir lo que a su alrededor sucede y ve, es consustancial al autor del libro y constituyen su más característico rasgo literario.

Lo que nos va a contar es como aprecia aquel Nueva York en los años posteriores al crack del 1929. Al tiempo dejará plasmada su admiración y devoción por esta ciudad. La ciudad del “presente“, ni del pasado ni del futuro, del “presente” único y continuado. Declara que Nueva York,  leit motiv del libro, le irrita. No obstante acecha cualquier oportunidad que pueda darse para ir allí, atraído cual mosca al panal de miel, pero una vez llegado siente una terrible indignación contra todo, lo que hace aumentar su inquina, sin disminuir su interés por volver tan pronto la ocasión lo permita.

A través de las páginas del libro describirá todo lo que la ciudad le muestra, e incluso aquello que le oculta pero él intuye. Sus hombres, razas, religiones, modos de convivir y comerciar, edificios, etc. etc.. De todo hará astillas, frases y párrafos que describen  todo lo que ve, con sus singular manera de apreciarlo, relatando anécdotas que siempre terminan en un apunte de pura filosofía, en una personal opinión llena de humor e ironía.

Aconsejaría no perder de vista la época en que fue escrita la obra. Desde entonces ha llovido mucho y sin dejar de ser “presente“, la sociedad neoyorkina ha cambiado. Ya no hay “ley seca“, por ejemplo, y en Nueva York se puede hoy degustar los mejores caldos del mundo. En otros temas no se han dado tan radicales cambios. Entonces estaban pagando las consecuencia de una burbuja bursátil, similar a la que hace solo dos años asoló a las economías de esta parte del planeta, y por el mismo motivo, el ansia desenfrenada de beneficios. De aquel crack Camba nos cuenta la vitalidad de la ciudad para recuperar el pulso lo antes posible. Es probable que si ahora escribiese sobre la actual situación también nos informase de ese afán ciudadano por levantarse y volver a ser el faro del mundo.

Para terminar una de sus sublimes frases sobre su relación con la gran metrópoli: “nos atrae (Nueva York) porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno”. 

Julio Camba, nació en Villanueva de Arosa, Pontevedra, el 16 de Diciembre de 1882 y murió en Madrid el 28 de Febrero de 1962.

Su venida al mundo se produce en una típica familia de clase media. Su padre era practicante y maestro de escuela. A los 13 años se escapa de casa y embarca como polizón en un barco que va a Argentina. A su llegada se introduce en los círculos anarquistas de Buenos Aires y hace sus primeros pinitos literarios en panfletos y proclamas. Debido a estas actividades en 1902 es expulsado de aquel país junto a otros anarquistas extranjeros.

Ya en España empieza a colaborar con El Diario de Pontevedra, pero rápidamente se traslada a Madrid en donde escribe para publicaciones ácratas como El Porvenir del Obrero. En pocos meses creará su propio periódico en la calle de la Madera: El Rebelde. En esta aventura le acompañará Antonio Apolo. A partir de 1905 comienza a colaborar como cronista en El País, rotativo republicano. Sus escritos son de temática variada y en ellos pone de relieve su independencia. En 1907 abandona el anterior periódico y comienza su tarea de cronista parlamentario en España Nueva. Por aquellos días comienza el juicio por el atentado contra Alfonso XIII el día de su boda. Es llamado a declarar debido a que mantenía cierta relación con el autor del mismo Mateo Morral. La relación, aunque escasa, era cierta y en diversos artículos explica la poca importancia de la misma, fruto de las ideas anarquistas de ambos personajes.

Su vida como corresponsal comienza en 1908, cuando Juan Aragón lo incorpora a la plantilla de La Correspondencia de España. Por entonces ya sus textos reflejaban el escepticismo y la brillantez que lo acompañaran durante toda su carrera.

El primer destino como corresponsal es Turquía. Allí cubrirá las elecciones y el cambio de régimen. A su regreso cambia de redacción y entra en El Mundo que lo contrata para sus corresponsalías de París y Londres. En 1912 comienza a escribir bajo la rúbrica de Diario de un español en La Tribuna. Volverá a la capital inglesa y enviará sus primeras crónicas desde Alemania para este medio. Un año después, en 1913 comienza a colaborar con el diario monárquico ABC, colaboración que le duró hasta su muerte, salvo algunas interrupciones, como la que lo llevó a escribir para El Sol. En este último periódico esta 10 años (1917-1927). A su vuelta al diario de los Luca de Tena vuelve por segunda vez a Nueva York. Sus crónicas desde allí se recogen en el libro que nos ocupa “La ciudad automática”, como otras muchas.

Durante la guerra civil muestra simpatías por las causa franquista y sus crónicas se editan en ABC en Sevilla. Colabora también con el diario Arriba. En este medio comienza la reelaboración de crónicas y artículos antiguos que, o bien están ligados con hechos actuales o bien basados en la memoria del autor. Estas crónicas retrospectivas serán una constante a partir de entonces, editadas en ABC o en La Vanguardia. En 1949 fija su residencia en el Hotel Palace de Madrid hasta su muerte.

No deja de ser curiosa su evolución social y política. Del anarquista activo en su juventud bonaerense a simpatizar con un régimen dictatorial de derechas como fue el de Francisco Franco.

Tiene editados 18 libros que abarcan desde 1907 a 1958. Por orden cronológico son El destierro; Londres; Alemania, impresiones de un español; Playas, ciudades y montañas; Un año en otro mundo; La rana viajera; Aventuras de una peseta; El matrimonio de Restrepo; Sobre casi todo; Sobre casi nada; La casa de Lúculo o el arte de comer; Haciendo de República; La ciudad automática; Esto, lo otro y lo de más allá; Etc. etc.; Mis páginas mejores; Ni fuh, ni fah; Millones al horno. 

Posted on 13 Maio, 2011, in Club Castrillón, Libros lidos, Obras and tagged , . Bookmark the permalink. 1 comentario.

  1. Es un libro divertido. Lo curioso del mismo es que está escrito al comienzo de los años 30, pero lo que se cuenta es de rabiosa actualidad. Parece como si entonces naciese un tipo de sociedad que no solo aún subsiste, es que es la dominante. Lo automático, el crear las necesidades para poder vender aquello con que satisfacerlas, lo seriado, todo está hoy en vigor. Leer a Camba ayuda a poder llevar mejor las amarguras y crisis de nuestro tiempo

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